Este escocés nacido en Greenock en 1736,
formó parte de la élite de grandes científicos
de reconocimiento universal, legando
a la Humanidad su magnífica contribución
de la máquina de vapor. Aunque
no fue el creador original de la misma,
sí aportó mejoras de gran trascendencia
a la máquina de vapor inventada por
Newcomen, permitiendo múltiples aplicaciones
en diversos campos.
De su padre, carpintero de oficio, heredó
la destreza en el manejo de instrumentos
que marcaría el rumbo de su vida
profesional, lo que unido a su afición
por la lectura, sentarían las bases del
genio que encarnaba su persona.
La muerte de su madre en 1753 y los
problemas económicos por los que
atravesaba en aquel momento su progenitor,
obligan a Watt al traslado de
residencia a la casa de unos parientes
en Glasgow. A través de un familiar,
conoce al profesor Robert Dick, el cual
le recomienda realizar su formación en
Londres. Ya en la ciudad londinense,
John Morgan le contrata como aprendiz
en su taller, lugar donde desarrollaría
su trabajo con un grupo de especialistas
en construcción de instrumentos.
Un año después vuelve a Glasgow, donde
le contratan en la Universidad para fabricar
y reparar todo tipo de instrumentos.
En 1759, se asoció con John Craig para
la apertura de un taller para la reparación
de instrumentos, negocio que perduraría
hasta 1765, año en el que se disuelve la
sociedad. En 1763, un ejemplar de la
máquina de vapor de Newcomen averiada
es trasladada a Glasgow desde Londres,
dándole la oportunidad a Watt de
ponerla a punto y, de paso, estudiar a
fondo su funcionamiento. Éste será el
punto de partida para introducir mejoras
en el modelo. En 1765 inventa un condensador
separado que evitaría las enormes
pérdidas de vapor en el cilindro e intensificaría
las condiciones de vacío, convirtiendo
la máquina de vapor en un motor
eficiente y económico para todo tipo de
industrias, siendo patentado en 1769 por
Watt y Roebuck:
«Estaba en el Parque de Glasgow.
Había ido a dar un paseo en una
espléndida tarde de sábado. Entré
en el Parque por la puerta del comienzo
de la calle Charlotte y pasé
junto al viejo lavadero. Mientras
tanto meditaba sobre la máquina
y había alcanzado la casa del pastor
cuando la idea me vino a la
cabeza: como el vapor era un cuerpo
elástico, se precipitaría en un
vacío y haría que el cilindro comunicado
con un depósito exhausto
se precipitara en su interior, donde
se condensaría sin enfriar el cilindro.
Comprendí entonces que debía
separar el vapor condensado
y el agua de inyección si utilizaba
un chorro como el de la máquina
de Newcomen. Dos ideas se me
ocurrieron. Primero, el agua podría
purgarse mediante un tubo descendente
hasta una profundidad
de 35 ó 36 pies y el aire aspirarse
con una pequeña bomba; segundo,
hacer la bomba lo bastante
grande para extraer ambos, agua
y aire. No había llegado aún al
campo de golf cuando la idea se
compuso en mi mente.»
En 1975 le fue concedida la explotación
de la máquina de vapor con condensador,
garantizando el monopolio
de su construcción. En realidad, esta
concesión, que estaría vigente hasta
1800 para la firma Boulton&Watt,
atañía a todas las máquinas de vapor.
Se le ha achacado a Watt su actitud
en la defensa de sus patentes,
de por sí tan genéricas que abarcaban
casi cualquier tipo de máquina,
retrasando diversos avances en el
desarrollo de la locomoción a vapor
y en el perfeccionamiento de la misma
máquina, aunque también es
cierto que igualmente respetó las patentes
de los demás.
En 1800, vencida su patente de 1769,
dejó la firma en manos de sus hijos y
se retiró a su residencia de Heathfield,
donde tenía un taller en el que continuó
investigando y trabajando. Este
taller en la actualidad está en el Museo
de la Ciencia de Londres.
Entre sus descubrimientos cabe destacar,
entre otros, el calor latente, el
agua vista como un compuesto de
oxígeno e hidrógeno (no como un elemento)
y la unidad de potencia caballo
de vapor, que posteriormente tomaría
su nombre watt (vatio).
