Otoño
2006
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Este escocés nacido en Greenock en 1736, formó parte de la élite de grandes científicos de reconocimiento universal, legando a la Humanidad su magnífica contribución de la máquina de vapor. Aunque no fue el creador original de la misma, sí aportó mejoras de gran trascendencia a la máquina de vapor inventada por Newcomen, permitiendo múltiples aplicaciones en diversos campos.

De su padre, carpintero de oficio, heredó la destreza en el manejo de instrumentos que marcaría el rumbo de su vida profesional, lo que unido a su afición por la lectura, sentarían las bases del genio que encarnaba su persona.

La muerte de su madre en 1753 y los problemas económicos por los que atravesaba en aquel momento su progenitor, obligan a Watt al traslado de residencia a la casa de unos parientes en Glasgow. A través de un familiar, conoce al profesor Robert Dick, el cual le recomienda realizar su formación en Londres. Ya en la ciudad londinense, John Morgan le contrata como aprendiz en su taller, lugar donde desarrollaría su trabajo con un grupo de especialistas en construcción de instrumentos. Un año después vuelve a Glasgow, donde le contratan en la Universidad para fabricar y reparar todo tipo de instrumentos.

En 1759, se asoció con John Craig para la apertura de un taller para la reparación de instrumentos, negocio que perduraría hasta 1765, año en el que se disuelve la sociedad. En 1763, un ejemplar de la máquina de vapor de Newcomen averiada es trasladada a Glasgow desde Londres, dándole la oportunidad a Watt de ponerla a punto y, de paso, estudiar a fondo su funcionamiento. Éste será el punto de partida para introducir mejoras en el modelo. En 1765 inventa un condensador separado que evitaría las enormes pérdidas de vapor en el cilindro e intensificaría las condiciones de vacío, convirtiendo la máquina de vapor en un motor eficiente y económico para todo tipo de industrias, siendo patentado en 1769 por Watt y Roebuck:


«Estaba en el Parque de Glasgow. Había ido a dar un paseo en una espléndida tarde de sábado. Entré en el Parque por la puerta del comienzo de la calle Charlotte y pasé junto al viejo lavadero. Mientras tanto meditaba sobre la máquina y había alcanzado la casa del pastor cuando la idea me vino a la cabeza: como el vapor era un cuerpo elástico, se precipitaría en un vacío y haría que el cilindro comunicado con un depósito exhausto se precipitara en su interior, donde se condensaría sin enfriar el cilindro. Comprendí entonces que debía separar el vapor condensado y el agua de inyección si utilizaba un chorro como el de la máquina de Newcomen. Dos ideas se me ocurrieron. Primero, el agua podría purgarse mediante un tubo descendente hasta una profundidad de 35 ó 36 pies y el aire aspirarse con una pequeña bomba; segundo, hacer la bomba lo bastante
grande para extraer ambos, agua y aire. No había llegado aún al campo de golf cuando la idea se compuso en mi mente.»

En 1975 le fue concedida la explotación de la máquina de vapor con condensador, garantizando el monopolio de su construcción. En realidad, esta concesión, que estaría vigente hasta 1800 para la firma Boulton&Watt, atañía a todas las máquinas de vapor. Se le ha achacado a Watt su actitud en la defensa de sus patentes, de por sí tan genéricas que abarcaban casi cualquier tipo de máquina, retrasando diversos avances en el desarrollo de la locomoción a vapor y en el perfeccionamiento de la misma máquina, aunque también es cierto que igualmente respetó las patentes de los demás.

En 1800, vencida su patente de 1769, dejó la firma en manos de sus hijos y se retiró a su residencia de Heathfield, donde tenía un taller en el que continuó investigando y trabajando. Este taller en la actualidad está en el Museo de la Ciencia de Londres.

Entre sus descubrimientos cabe destacar, entre otros, el calor latente, el agua vista como un compuesto de oxígeno e hidrógeno (no como un elemento) y la unidad de potencia caballo de vapor, que posteriormente tomaría su nombre watt (vatio).