Otoño
2006
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En los últimos años estamos viviendo una transformación demográfica, social y cultural que afecta fundamentalmente a los países occidentales. Existe una diversidad social que se ve reflejada en nuestra realidad empresarial por medio de diferencias que podemos agrupar en:

Demográficas: género y edad. Por un lado, se ha incrementado el porcentaje de mujeres que acceden al mercado laboral y empresarial y, por otro, la edad media de los trabajadores está aumentando debido al envejecimiento de la población, característica común de los países desarrollados.

Culturales, raciales y religiosas. A consecuencia de los movimientos migratorios existe una mayor interacción entre personas con diferentes creencias, costumbres y valores.

Sociales. Hacen referencia a los diversos estilos de vida, orientación sexual y escalas de valores o preferencias respecto a la vida laboral y personal que hoy en día podemos encontrar en la sociedad y que varían respecto al modelo dominante.

Físicas. La diversidad afecta también a las deficiencias sensoriales, motoras o mentales. Actualmente estamos adquiriendo conciencia sobre la importancia de integrar laboralmente a las personas discapacitadas. Podemos resumir estas diferencias con la definición que el Instituto Americano de la Gestión de la Diversidad nos ofrece: «La diversidad debe entenderse como las diferencias entre las personas basadas en su identificación con diferentes grupos».

La gestión de la diversidad surge dentro de este marco de multiplicidad para responder a las necesidades de los


diversos colectivos que hoy conforman nuestra sociedad. Las estrategias de gestión de la diversidad pueden ayudar a crear lazos entre los aspectos internos y externos del trabajo de una empresa. Esto se consigue, por ejemplo, a través de políticas de recursos humanos que apliquen a su plantilla una distribución de las diferencias similar a la que encontramos en la vida cotidiana, evitando cualquier discriminación de personas cuyas diferencias sean motivo de prejuicios y estereotipos de nuestra sociedad. De este modo, la empresa puede convertir la diversidad en una fuente de oportunidades, traducidas en los siguientes beneficios:

Atracción, reclutamiento y mantenimiento de personal de un amplio fondo de talentos.

Reducción de los gastos laborales y del absentismo.

Aportación a la flexibilidad y la responsabilidad del personal.

Fomento de la implicación, la ética del trabajo y el «esfuerzo direccional» de los asalariados.

Mejor asimilación del impacto de la globalización y del cambio tecnológico.

Fortalecimiento de la creatividad y de la innovación.

Mejora de los conocimientos acerca de cómo operar en culturas diferentes.

Mayor comprensión de las necesidades de los clientes habituales.

Asistencia en el desarrollo de nuevos productos, servicios y estrategias de mercado.

Mejora de la imagen y reputación de la empresa respecto a agentes externos.

Creación de oportunidades para grupos desfavorecidos, fomentando la cohesión social.


Por último, para poder realizar una correcta gestión de la diversidad debemos seguir una serie de pasos:

Identificar y reconocer los tipos de diversidad.

Trabajar con diferentes implicados para comprender su propio «caso empresarial».

Comunicar a los empleados, clientes, inversores y accionistas, etc. lo que se está haciendo.

Asegurarse de que los empleados comprenden qué importancia tiene la diversidad para ellos y para su empleo.

Calcular el impacto de las estrategias de gestión de la diversidad.

Desarrollar políticas y prácticas que reflejen y establezcan el compromiso con la gestión de la diversidad.

Fomentar el apoyo y la confianza de las personas, tanto dentro como fuera de la empresa.

Aprender de otros y llevar el control de los resultados que se obtengan.